Portus Quietis

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M ú s i c a     c o n t e m p l a t i v a     e n     e l     R e n a c i m i e n t o     y     B a r r o c o

‘Por ejemplo, un oscuro literato, como es Charles Dassoucy (1604-1674), formula conceptos muy cercanos a los de Leibniz, si bien se expresa de forma bastante alejada del rigor filosófico y del lenguaje técnico de un teórico musical. La idea de la armonía del universo como fundamento de la belleza y la variedad de éste, así como la de su reflejo de manera sensible sobre la música y la armonía musical, son expresadas, de modo elegante y pleno en imaginación, por Dassoucy en sus escritos. El mundo es semejante a un gran clave, cuyas cuerdas, vibrando armoniosamente, crean la diversidad de acordes que existe en la naturaleza. El hombre dotado de inteligencia realiza en pequeña dimensión, al afinar su clave, lo que realiza Dios al afinar el gran clave del universo. “Sin embargo, estas proporciones armónicas, que se encuentran en la construcción de este gran Edificio del Mundo y que se vuelven a encontrar en la música, en la poesía y en la pintura, y hasta en este discurso, no sólo guardan relación con las cosas más grandes, sino también con las más pequeñas. Todo lo que nosotros vemos en la Naturaleza es música; nada puede subsistir sin esta armonía que el hombre, a imitación de Dios, es capaz de producir y de enseñar.’[1]

‘Es propio de mi temperamento –y lo que prefiero- amar toda armonía; y sin duda hay música, incluso en la belleza y en la silenciosa nota que Cupido emite, mucho más dulce que el sonido de un instrumento. Pues hay música dondequiera que haya armonía, orden o proporción; y en este sentido podemos mantener que existe la música de las esferas: pues esos movimientos bien ordenados y regulares ritmos, aunque no producen sonido para el oído, sin embargo emiten para el entendimiento una nota plena de armonía. Quienquiera que esté armónicamente compuesto se deleita en la armonía.’[2]

‘Porque, si estamos attentos a lo secreto que en nosotros passa, veremos que este concierto y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sossiego, y veremos que con sólo tener los ojos enclavados en él con atención, sin sentir en qué manera, los desseos nuestros y las affectiones turbadas, que confusamente movían ruydo en nuestros pechos de día, se van quietando poco a poco y, como adormesciéndose, se reposan tomando cada una su assiento y, reduziéndose a su lugar propio, se ponen sin sentir en subjectión y concierto. […] Assí que … como la cuerda en la música, devidamente templada en sí misma, haze música dulce con todas las demás cuerdas sin dissonar con ninguna, assí el ánimo bien concertado dentro de sí, y que vive sin alboroto y tiene siempre en la mano la rienda de sus passiones y de todo lo que en él puede mover inquietud y bullicio, consuena con Dios y dize bien con los hombres y, teniendo paz consigo mismo, la tiene con los demás.’[3]

Más allá -o acá- de la concepción de la música como la organización más o menos agradable de los sonidos en el tiempo y su consiguiente efecto emocional sobre el oyente, los textos aquí citados, entre otros muchos posibles, muestran otra idea arraigada en la antigüedad grecolatina y plenamente vigente en los siglos XVI, XVII y XVIII, y que, sin ser excluyente de la mencionada arriba, incidía en el aspecto intelectual de la música como símbolo o espejo del todo, o como microcosmos que reflejara la construcción ordenada y jerárquica del universo. Bajo esta concepción de la música no interesaban tanto los aspectos evidentemente gozosos del hecho musical en sí, como el ‘ordenamiento’ mental, el recogimiento y serenidad que la música podía transmitir en tanto en cuanto reflejaba a pequeña escala la unidad armoniosa del todo y la reproducía en la mente del músico o del oyente. Así pues, la vertiente práctica de la llamada música contemplativa no consistía en un determinado genero o forma musical, en la elección de unas voces o instrumentos en detrimento de otros,  sino en la actitud interna de recogimiento o reflexión del oyente y del interprete.

En un mundo en el cual el silencio, que es a la música lo que la página o lienzo en blanco a otras artes, se ha convertido en un lujo o incluso en una molestia a evitar; en el que la música ha devenido ruidoso tapón en lugar de graciosa ornamentación del silencio y en el que el espacio y momento para la reflexión se posponen indefinidamente, parece conveniente recordar que hubo otras concepciones probablemente más ‘afinadas’ a la esencia del ser humano y a su lugar en el mundo. O así lo parece desde esta confusa esquina del siglo XXI.

J a v i e r    S á i n z    [ 2 0 1 0 ]  

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NOTAS

[1] Enrico Fubini, La Estética Musical desde la Antigüedad hasta el Siglo XX, Alianza Música, 1988
[2] Thomas Browne, Religio Medici (1643), Alfaguara, 1986
[3] Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, ed. Cristobal Cuevas, Cátedra, 1997